jueves, 28 de febrero de 2008

ऐक्टर पोर उन DÍA

ACTOR POR UN DÍA

Esta historia sucedió a principios de la década del ‘60 del siglo XX, en un pequeño pueblo costero del Uruguay. Como la mayoría de los pueblos del interior, tenía su plaza, la iglesia, la comisaría, la oficina del municipio y el club social, que a falta de otras salas, según lo requiriera la ocasión cumplía el cometido de cine y teatro.
La vida de pueblo a vista de los citadinos puede resultar monótona, pero para muchos de sus habitantes no es así, es más, para algunos es el lugar mas lindo del mundo y su gente la mejor.
En este contexto, es que se ven las casas de puertas abiertas, bicicletas y motos estacionados sin candados; los vecinos se saludan con afecto, la mayoría de las veces invocando el nombre o el apodo de su coterráneo y haciendo una pronunciada reverencia con sus cabezas; las comadres se juntan para chusmear todos los “acontecimientos” del lugar ( de vez en cuando quedando algún cuero bien estiradito) y la barra de amigos se acodan en el mostrador del boliche (que es uno de los centros de diversión), disfrutando de timbas varias o proseando ,que es algo similar a lo que hacen las comadres, pero al tratarse de hombres (muy machos por cierto), sería una ofensa ponerle el adjetivo de chusmear.
Una tardecita mientras se jugaban conjuntamente una partida de truco y una de casín en el otro rincón del boliche, el “Maneco”, acodado al mostrador , anuncia : “¡Vieron!, la semana que viene llega la Comedia Nacional, con la obra Martín Aquino”.
Varios parroquianos largaron la risotada, sabedores de que el “Maneco” no se perdía capítulo de las radionovelas y era un gran admirador del actor principal, … bueno, de su voz, ya que no lo conocía. Alguno le contestó: “¡Así que estás de parabienes, vas a ir a suspirar por el Julio César! ¡juá, juá!!”.
El “Maneco”, visiblemente ofuscado y con aire de instruido les contestó: “ ¡No sean abombados!, no ven que es una obra de teatro que en Montevideo siempre está a sala llena; además me contó el “Toto”( en todos los pueblos hay por lo menos un “Toto”), que van a tomar gente, por que en el ómnibus no entraba todo el elenco”, al decir esto último pone cara de misterio.
Mientras el “Gallego”(propietario del Almacén y Bar “Arousa”, que se ofendía si se lo rebajaban a la categoría de boliche) sacudía la cabeza,( ya acostumbrado a las discusiones por razones existenciales como quien vino primero, si el huevo o la gallina, o de que color era el caballo de Artigas), refunfuñaba como resignado a escuchar otra discusión, que vaya a saber cuando terminaría; uno de los jugadores de truco le grita al “Maneco” : “¡Entonces, vamos a buscar laburo!”, yo tengo pinta de galán!. La carcajada se escuchaba desde la otra esquina, porque el autor de la frase no era otro que el “Lechón”, cuyos rasgos físicos eran muy similares a su apodo, con nariz respingada incluida.
Hasta el “Maneco” olvidó su enojo y se rió, pero no se daba por vencido y volvió a insistir en las cualidades del teatro, que no podían ser tan ignorantes al burlarse de la obra , que sería un pecado desaprovechar una oportunidad pocas veces vistas en esos pagos y que por lo tanto nadie podía faltar al gran acontecimiento.
Por un largo rato siguieron tomándole el pelo, hasta que el flaco “Tero” no encontró mejor idea que desafiar en apuesta a los demás parroquianos , a ver quién se animaba a presentarse para la solicitud de “extras”( en aquellos tiempos no se conocía el término “casting”, salvo cuando se leían los créditos de las películas de las matinées; pero no se asociaba para nada al empleo del término que se utiliza tanto en la actualidad).
Varios aceptaron la apuesta(por una damajuana de vino casero), entre ellos el “Lechón”, ya asegurando que no solo iba a integrar el elenco, sino que también, lo iban a llevar a Montevideo para ocupar el puesto del famoso galán.
Así fue que los muchachos del boliche “Arousa”, se comprometieron a probarse a ver quien quedaba de actor de teatro …,¡al menos por un día!.
Cuando llegó la Comedia, el pueblo estaba alborotado, ya que no era común tener la visita de un elenco tan reconocido, sobretodo del actor principal y galán que arrancaba suspiros femeninos.
La gurisada corría detrás del ómnibus, que era recibido con música por los altoparlantes de la avenida principal (por donde desfilaba el corso) y las damas esperaban pacientemente a la sombra de los árboles de la plaza, algunas esperanzadas de recibir una sonrisa o un saludo de los actores, pero íntimamente varias fantaseaban con el galán de las radionovelas.
La barra del boliche se arrimó al club donde había una fila de varios muchachos aspirantes a la profesión de las tablas, algunos con vocación verdadera , los más por curiosidad o por ganar popularidad en el pueblo. Después de un par de horas de audiencia, se conoció a los elegidos como extras y ¡vaya sorpresa!, entre los elegidos estaba el “Lechón” , que antes de concurrir a la audiencia se había entonado en el boliche,( para perder el miedo escénico).
El bueno de “Maneco” se tendría que contentar con ver la obra, ya que si bien era el más culto y aficionado al teatro(mejor dicho a las radionovelas), padecía de una gran timidez y no se animó siquiera a presentarse a la audiencia; pero hubo dos actores mas : el gordo Gómez y el “Calavera” Gutiérrez . Todos ellos harían el papel de milicos de campaña, y dada la chispa del “Lechón”, obtuvo el papel de cabo, con un breve parlamento informando al Comisario dónde estaba Aquino antes de ir a capturarlo. Afuera del club social (transformado en teatro) un gran cartel anunciaba la obra: MARTÍN AQUINO, EL ÚLTIMO MATRERO, al costado uno mas pequeño que decía : localidades agotadas, esto era producto de la expectativa del pueblo por disfrutar algo que no era muy común en esos lares.
La noche del debut, el club social estaba engalanado con sus mejores luces y adornos, con un lleno pocas veces visto y una platea donde destacaban las personalidades del pueblo, las damas con sus mejores atuendos y joyas y varios caballeros que a regañadientes asistían para quedar bien , pero que preferirían haber quedado en el boliche jugando a los naipes o quizás detrás de las vías donde estaban los farolitos rojos.
En el fondo, las populares, donde estaba la barra del “Arousa”, hasta el “Gallego” y su esposa habían concurrido, porque no valía la pena dejar abierto si la clientela estaba en el teatro; además hasta un rato antes habían estado consumiendo, inclusive los “actores”. Al gordo Gómez tuvieron que despertarlo un rato antes, porque como era costumbre se quedaba dormido en la mesa junto a la ventana, los otros actores también estaban adobados, y a esa altura ya no había miedo escénico ni vergüenzas.
Comenzó el espectáculo y la gente aplaudió como para quitarse los nervios , cuando apareció el galán también, y se escuchó algún suspiro indisimulado, mientras varios hombres lo miraban de reojo, un tanto celosos por la reacción de la platea femenina.
Todo transcurría con normalidad, hasta que irrumpieron en el escenario los extras disfrazados de milicos , desde el fondo se armó un barullo y alguno se animó a gritar dando ánimo a sus amigos; cosas típicas de un partido de fútbol, o una doma , pero no del teatro, y la platea miraba por encima del hombro con disgusto, reprobando un comportamiento tan descarado.
Lejos de amilanarse, los extras parecían que hubieran sacado la lotería ,o que hubieran llegado primeros en la Vuelta Ciclista del Uruguay, lo único que les faltaba era levantar los brazos y saludar victoriosos.
En ese clima, llegó el momento cúlmine de la obra, cuando Martín Aquino está refugiado en un rancho y la policía lo rodea para capturarlo. El actor que hace el papel de comisario( papel que al inicio era deseado por el “Lechón”) , grita: “¡ Aquino, entregate, estás rodea’o!”; a lo que el actor galán contesta detrás de la escenografía: “¡No me entrego nada!, ¡yo soy Martín Aquino, canejo!.
El “Lechón” se había consustanciado tanto con la obra, que puso cara de enojado y vaya a saber si fue producto de las copas previas en el boliche o del ánimo de la barra( que aplaudía cada vez que aparecían sus amigos), lo que provocó una reacción en el supuesto “Cabo”, quien se lanzó detrás de la escenografía, con el talero en su mano y manoteó al galán de las crines, llevándolo al frente y pegándole con el talero en la espalda, mientras le gritaba: “¡¿Así que no te entregás?!, ¡vas a conocer al Lechón,´jué perra!”.
El alboroto fue descomunal, los extras y varios admiradores durmieron en la comisaría( la verdadera); desde ese día el pueblo extrañó a la Comedia Nacional con su principal actor, que de porfiado nomás, nunca quiso volver a tan pintoresco lugar.

Sergio Colo

domingo, 9 de diciembre de 2007

एल सुए देल Gordo

El sueño del gordo

Llegó al puerto de Montevideo, como lo hicieron miles de inmigrantes : con una modesta maleta, cargando sus pocas pertenencias y con otra imaginaria, cargada de sueños. Al igual que la mayoría de sus coterráneos, venía esperanzado a “hacer la América”, escapando de las miserias de su España natal y de las crueles consecuencias de una mas cruel Guerra Civil que había servido de ensayo para otra guerra que traería mayores miserias a gran parte del mundo.
Don Luis (como le gustaba que lo llamaran), pisó suelo Oriental sabiendo que tendría oportunidades, como no las había tenido en su patria, y se prometió a si mismo no desaprovecharlas, al mismo tiempo que miraba un viejo retrato de su madre querida, a quien también le había prometido, que después de hacerse de una posición económica, la traería a esta bendita tierra para que nunca mas padeciera miserias.
No sólo había dejado a su familia, también dejó atrás lo que pensaba era su vocación: ser un sacerdote. Quizás pudo más que su fe, el despertar de un amor, o tal vez , le ayudó a darse cuenta que realmente no era su vocación, y que cuando uno es joven se enamora fácilmente, tanto de mujeres como de vocaciones; al menos hasta que realmente se de cuenta que solo al vivir su propia experiencia, es que sabrá cuando llegó el verdadero amor, aunque hay gente que nunca lo llega a percibir.
Por fortuna, Don Luis si se dio cuenta, y si bien sus comienzos fueron difíciles(siempre contaba como recorría las pensiones, con un colchón enrollado sobre su espalda, en busca de una habitación barata), logró al fin cumplir sus sueños. Se convirtió en uno de los mayores rematadores del país, trajo a su madre a vivir en una mansión, y amasó una fortuna.
Quizás parezca un cuento de hadas, pero realmente sucedió, en el Uruguay de “las vacas gordas”, y con un personaje que distaba mucho de ser un santo, a pesar de que en su juventud estuvo a punto de ser cura. Era un pícaro, que en ocasiones caía simpático, pero en otras, a mas de uno le daban ganas de darle un palo en la cabeza.
Don Luis tenía la virtud de ser un rayo para los negocios, cuando estaba con el martillo rematador era un verdadero artista, que bien podía emular a un director de orquesta con la batuta en la mano, al fin y al cabo lograba que tocaran la música que él quería; traducido a su lenguaje de rematador, lograba que la gente se entusiasmara con cualquier objeto y por consiguiente pagaran en ocasiones mucho mas de lo que valdría.
Otra de sus virtudes, era el olfato para detectar donde habría dinero y buenas ganancias; así fue que se empezó a codear con la “crema”, ( la alta sociedad … ¿o acaso suciedad?); se hizo amigo del poder de turno, le daba lo mismo agasajar con una cena a políticos de distintos partidos, a militares( en la época de la dictadura), a religiosos( coqueteó con el Opus Dei), y después de la apertura democrática llegó a recibir al que posteriormente sería el mismísimo Presidente de España, Felipe González, que por cierto era de izquierda, del PSOE. Esa noche ocultó su escudo de armas familiar(sintiendo un poco de vergüenza, pero un poco nomás), debajo de una bandera del Partido Socialista unida a otra del Frente Amplio, ya que entre sus comensales estaban líderes históricos de la izquierda uruguaya.
En otras veladas no tuvo que ocultar su escudo de armas, por el contrario, lo engalanó según la ocasión, con banderas de varios partidos políticos, y con banderas auriblancas, no precisamente por que fuera hincha de Bella Vista.
Su escritorio era muy peculiar, tenía un portarretratos con la foto de Monseñor Escribá de Balaguer (Opus Dei), cercano a unos adornos costosos y a la calculadora (algo fundamental para Don Luis). Detrás había una enorme biblioteca que ocupaba toda la pared, con una colección variopinta de libros, donde resaltaban “El capital” de Karl Marx, muy próximo a “Mi lucha” de Adolf Hitler.
Estos ejemplos, son solo para demostrar algo de la versatilidad y la visión pragmática de Don Luis, que con tal de sacar provecho propio, literalmente era capaz de abrazarse con sapos y culebras.
Fue con tales virtudes que Don Luis ingresó al negocio de la pesca, conociendo de primera mano(gracias a sus contactos), las bondades del Plan de Desarrollo Pesquero y amparado en la Ley de Pesca que había sido pergeñada para atraer a inversores serios ( por cierto), no tardó en disfrutar de las facilidades que el Gobierno le brindaba.
Aprovechó la oportunidad, tal como lo había hecho cuando se convirtió en rematador, y sin ningún arte de magia, se transformó en Armador Pesquero (a él le gustaba así con mayúsculas), amparado por leyes y decretos que no hicieron otra cosa que servir en bandeja un enorme recurso pesquero ( patrimonio del Estado), para que unos pocos empresarios ( salvo raras excepciones, la mayoría oportunistas) lo explotaran prácticamente a discreción y con escasas inversiones.
Para Don Luis era como una invitación a jugar, un juego en el que se sentía a sus anchas, tanto como cuando se ponía la gorra de conductor y desde una gran consola de comando jugaba con los trenes a escala en los altos de su mansión céntrica,(tenía una colección de trenes en miniatura que era de las mas grandes de Latinoamérica).
Era en esos momentos que afloraba una personalidad de niño, quien no pudo disfrutar de chico de diversiones, debido a la guerra y las miserias, ahora que tenía acumulada una riqueza, se daba los gustos ( Freud hubiera tenido un buen espécimen para sus investigaciones). Para las personas comunes y corrientes eran lujos y excesos de la opulencia, para Don Luis era sencillamente lo cotidiano; disfrutaba de buenas bebidas y banquetes, puros cubanos y lógicamente lindas mujeres, alternando con su hobby de los trencitos.
Otro rasgo de su personalidad, además del hedonismo, era su gran egocentrismo, característica que le llevaba a pensar que todas las personas o la mayoría le admiraban e idolatraban; es así que afirmaba en ocasiones que “su gente” ( tripulantes del buque y empleados), eran los que ganaban mejor y que en una oportunidad en la que había un conflicto entre Armadores pesqueros y tripulantes, por reivindicaciones varias ( obviamente, también salarios), Él ( otra vez con mayúscula) resolvió el conflicto al ser el primer empresario que otorgó aumento de salarios; según Él, “su gente” lo llevó en andas gritando: ¡ viva Don Luis ! ; aquí queda evidente otro rasgo característico, se creía sus propias mentiras.
No es cuestión de restarle méritos, que era inteligente nadie lo duda, que tenía una visión especial para los negocios tampoco, pero si de escrúpulos hablamos, no era precisamente un rasgo de Don Luis, si tenía que embromar a alguien para lograr sus objetivos, lo hacía sin la menor duda.
Estos rasgos característicos lo llevaron a entablar un negocio con socios que no se hubiera imaginado; por un lado una cooperativa integrada por militantes de izquierda ( algunos, ex guerrilleros Tupamaros), por otro lado capitales vascos ( supuestamente con vínculos a la ETA).
Trajeron un barco moderno, que era uno de los pocos que contaba con permiso para procesar y congelar a bordo; no se sabe como hizo Don Luis ( al menos oficialmente), que con su natural habilidad y usufructuando un permiso de pesca de otro barco viejo, que era de su propiedad, lo sustituyó por el moderno y conservó en su poder los papeles ( que mostraba con orgullo), lo que lo dejaba en una posición de ventaja en la “sociedad”. Él se jactaba que era la única persona que había comprado un barco sin poner un peso y se reía igual que un niño travieso.
En la administración y operativa portuaria, había un vasco que era el encargado de vigilar los pasos del “socio”, que había demostrado ser muy hábil y no largaba por nada los documentos. Con el paso del tiempo, el vasco se dedicaba mas a la operativa portuaria que a la administración, cosa que Don Luis con su natural simpatía había logrado monopolizar, obviamente que en beneficio propio. Sin embargo, al estar en contacto diario, el vasco conocía la personalidad y la forma de hacer negocios del “socio”, en buen romance le conoció las mañas.
A pesar de que a priori , la pesca se veía como un negocio redondo, la empresa siguió los pasos de varias empresas pesqueras que después de haber acumulado riquezas incalculables y terminados los plazos de las facilidades que otorgó la Ley de Pesca, poco a poco se fundían, eso sí, los empresarios no se fundían, por el contrario engrosaban sus cuentas bancarias.
En los últimos tiempos de la empresa, era común ver la visita de varios acreedores, quienes a veces se iban con broncas varias y otras veces con promesas y algún obsequio, como una caja de puros o bombones. También se veía la faceta actoral de Don Luis, quien poniéndose una mano en el corazón, prometía por su honor que iba a cumplir con las deudas contraídas; en alguna ocasión se desvanecía y sus empleados llamaban presurosos a la emergencia, evidentemente que ante la probabilidad de presenciar un infarto, el acreedor de turno se retiraba no sin antes desearle una pronta recuperación.
Todas esas vicisitudes eran presenciadas por el vasco, que además sabía que desde hacía un buen tiempo el buque descargaba en Brasil, a donde se dirigía religiosamente Don Luis , cada vez que el barco llegaba a puerto. Ante ese panorama, y viendo una “crónica de una muerte anunciada” , fue que el vasco avisó a sus compatriotas, quienes enviaron una delegación (no muy amistosa) para aclarar el panorama y definir quien era el dueño verdadero del buque.
Llegó el día de la reunión, y la oficina no tardó en ponerse a la temperatura de una caldera, entre reproches los vascos exigían que se les dieran los títulos del buque, Don Luis recordando su estirpe de honor, les afirmaba que el verdadero dueño era él y que nadie le iba a quitar los títulos; en medio de honorables juramentos, Don Luis se puso las manos en el pecho y cayó desmayado.
Los vascos quedaron perplejos, menos uno, que era quien acompañaba al socio desde hacía tiempo y lo conocía bien; se apuró en tranquilizar a sus compañeros y les explicó que era una táctica habitual de Don Luis el desvanecerse y terminar con las reuniones que se ponían difíciles.
Al cabo de unos minutos, Don Luis seguía inmóvil en el piso, el vasco que le conocía se arrimó y con el pié le pateó suavemente, al mismo tiempo le decía: “¡Vamos hombre, déjate de joder !, ¡levántate de una vez y terminemos con esta puñeta!”; pero Don Luis seguía inmóvil, a lo que se arrimaron para levantarlo y se dieron cuenta que no era broma, ¡estaba fulminado por un infarto!.
De poco sirvió las llamadas de emergencia y los intentos de reanimación, habían presenciado el último acto de una obra digna de haber sido creada por algún comediante famoso, en definitiva el último sueño del gordo se había cumplido, murió siendo propietario de un barco de pesca.
Fígaro Oriental

Tornillo

EL TORNILLO


Era un pescador de Rocha, como tantos, pero muy diferente; no tanto en su aspecto físico(sin
olvidar sus enormes ojos claros y saltones que le asemejaban al actor de películas cómicas Marty Feldman), sino en su forma de ser, que seguramente fue lo que dio origen a su apodo.
Para todos era el “Tornillo” y para los más cercanos ,como queriendo reafirmar más su característica, era “el loco Tornillo”; pero en realidad no era tan loco, al fin y al cabo quien puede asegurar que si los que nos creemos cuerdos no cometemos locuras, en ocasiones mas grandes que las que se les acredita a los locos. Basta echar un vistazo a diarios y algún noticiero para poder apreciar las muy coherentes y cuerdas medidas que toman los supuestamente humanos inteligentes, como masacrar y condenar al hambre a millones de otros seres humanos, invocando a la libertad y la paz.
En fin, el loco de esta historia, era un loco bueno, hasta demasiado bueno; solidario como pocos y como buen loco, era un simpático creador de las populares “salidas”, que hacían reír hasta al más serio.
Como si fuera un caballero andante, tenía a su fiel escudero: “el Bronce”, un perro sin pedigrí, que era raza perro; pero que al convivir con el “Tornillo”, lo único que le faltaba era hablar. Y por “el Bronce” , el “Tornillo” se engrillaba(1) con cualquiera, como le sucedía cuando viajaba en ómnibus desde el puerto de La Paloma a la capital de Rocha y ganaba la discusión al guarda del coche, con el argumento de que para él , “el Bronce” no era un perro, sino un compañero y que si pagaba el boleto tenía derecho a ocupar un asiento. Quizás fuera porque todos los conocían o por evitar escándalos, era que los fieles compañeros salían airosos de las escaramuzas y viajaban con dignidad y comodidad (por cierto), en los ómnibus de la ONDA, que paradójicamente junto a la sigla tenían pintado a un perro “Greyhound”.
Obviamente que la simpática pareja , recorría varios boliches de la zona, donde el “Tornillo” alegraba a los parroquianos con sus disparatadas y por cierto anheladas ocurrencias y anécdotas.
No tenía mucho que envidiarle al personaje del gran JUCECA, “Don Verídico”; y por más que sospecharan que en algún momento del relato estaba exagerando, el “Tornillo” tenía la asombrosa capacidad y la magia de hacernos creer hasta lo imposible.
Es por eso que ésta anécdota que relataremos, estamos convencidos que realmente ocurrió, y si algo suena a cuento:¡ la culpa, es del “Tornillo”!, que desde algún lugar de los mares del cielo nos estará asintiendo con su desfachatada sonrisa.
Ocurrió hace mucho tiempo y fue en el pintoresco puerto de La Paloma; precisamente en la Prefectura del puerto. Allí rendían exámenes los aspirantes a sellar la patente de Patrones de Pesca Artesanal, requisito fundamental para poder despachar las embarcaciones artesanales , conocidas como chalanas o barcas y que forman parte del paisaje de la franja costera de Rocha.
El “loco” sabía su oficio de marino, y no precisaba “papeles” para salir a la mar y realizar la faena de pesca sin mayores contratiempos que los que pudiera ocasionar las condiciones climáticas o algún Lobo marino que le rompiera el arte de pesca para robarle los pescados. Pero en lo que refiere a conocimiento de la costa, mareas y el comportamiento de las embarcaciones, difícilmente alguien le pudiera enseñar algo; y por su propio carácter era que se atrevía a enfrentar a una mesa examinadora conformada por milicos de prefectura, que en varias oportunidades habían bochado a marinos duchos en su oficio, pero que por esas casualidades del destino, siendo botijas tuvieron que cambiar cuadernos y libros de escuela por palangres y trasmallos, porque la mayoría de los “nenes patudos” viven como sus padres: sin libros y medio desnudos.
A pesar de los nervios de los aspirantes, el “Tornillo” andaba como siempre anduvo, jorobando con uno y con otro, como si estuviera en el muelle o peor aún como si estuviera en “los Pinos” (club de bochas y cantina cercano al puerto). Un milico que tenía varios “ravioles”(2) en su uniforme lo miraba de reojo y frunciendo el ceño, como cuando en la escuela hay algún gurí que alborota al resto y la maestra trata de amoldarlo para que la clase no termine en una farra total.
El milico en cuestión se le arrima y sin darse cuenta lo llama por su apodo, eso si, lo trata de usted: “Dígame Tornillo ,¿ usted está para dar el examen de patente de quince millas?”
T- “Si, señor”
M- “¿ y estudió?”
T- “ Seguro, ¿que se piensa?, sino no vengo ( ya medio retobado)
M- “ Muy bien, vamos a ver como le va en la prueba entonces, por que lo veo muy seguro y ya sabe lo que le pasó a Don seguro”, (diciéndolo con un tono amenazador).
T- “ Acaso duda de mi palabra, si quiere pregunte cualquier cosa, y va ver como lo dejo pasmado”( ya agrandándose, por las dudas).
M- “Bueno …, todavía hay tiempo, como para ir calentando, dígame, si está afuera con la barca ,se queda sin máquina y se levanta la virazón(3), ¿qué hace?”.
T- “Tiro el rezón(4) y fondeo. Aviso por radio a CHARLIE(5) y trato de arreglar el motor” ( mirando fijo al milico con los ojos bien saltones).
M- “Correcto, y … dígame, ¿que pasa si se levanta mas viento y empieza a garrear(6) el fondeo?” ;( a esa altura ya bastante sobrador).
T- “Le pongo cadena al fondeo” , mirándolo más fijo.
M- “ ¿Y si hay temporal y sigue garreando qué hace?, ( sin poder aguantar una sonrisa en los labios )
T- “ ¡Y le pongo más cadena!”, ( levantando un hombro, como diciendo “¡tá clavado!”).
M- “ Dígame Tornillo, ¡¿de dónde saca tanta cadena?!”; ( ya sin poder quedar serio, por mas que se esfuerce).
El Tornillo con aire triunfador le espeta: “¡ y usted, ¿de dónde saca tanto viento?!!!”, provocando la carcajada a civiles y militares incluyendo a quien lo cuestionaba al principio en forma antipática. Está de mas decir, que el loco salvó el examen, y por mucho tiempo la anécdota ha recorrido boliches , barcos y todo lugar donde el “Tornillo” haya dejado su huella.
Este sacrificado hombre de mar, siempre estaba con una sonrisa en los labios; y por más que su cara curtida por el sol y el salitre, con sus ojos saltones, su barba entrecana y manchada por el tabaco, a primera vista dieran un aspecto de cuidado, bastaba escucharlo unos minutos para darse cuenta que era más bueno que “Bambi”. Por más brava que viniera la mano, con la peor de las machinas(7), si estaba el “Tornillo” al lado, nos tranquilizaba, no solo por su carácter afable, también por que era un verdadero marino pescador , que al verlo trabajar había que sacarse el sombrero y saludar.
En los últimos años de su vida, luchó contra un cáncer (casi escribimos cruel enfermedad, como si al no nombrarla pudiéramos hacerla desaparecer), pero lejos de achicarse Luis Pereira (ese era su verdadero nombre) la enfrentó y conociéndolo estamos seguros que en más de una ocasión se debe haber engrillado con la enfermedad, con los médicos, con las enfermeras y con el destino; pero también les debe haber arrancado alguna sonrisa a todos, porque “el Loco Tornillo” era así y no se quedaba tranquilo hasta que su platea no le tributara una carcajada.
Sergio Colo